Skip to content

La mano invisible

La mano invisible no es magia

Paulo Hidalgo

Al gobierno le tomó seis meses llegar a una conclusión que cualquier almacenero de barrio conoce de memoria: la suerte de un gobierno se decide en el bolsillo de la gente y en la tranquilidad de saber que el lunes habrá trabajo. La administración que asumió en marzo con la seguridad como casi única bandera, convencida de que el orden bastaría para traer prosperidad, anuncia ahora un Plan de Emergencia Laboral con cuadrillas forestales, subsidios a la contratación y obras públicas. La conclusión es acertada. Lo que llama la atención es que haya hecho falta tanto tiempo para llegar a ella.

El desempleo llegó a 9,5% en el trimestre mayo-julio, la cifra más alta en cinco años. El Imacec de julio fue negativo y el propio Presidente reconoció que la meta de crecer 1,8% es «muy difícil, pero no imposible», una frase que en política suele preceder a los fracasos anunciados con cortesía. La desaprobación supera el 60% y la gente le puso al primer semestre una nota con la que en cualquier liceo se repite de curso. Desde el oficialismo explican que primero había que ordenar la casa y que «ahora toca la segunda parte». ¿Desde cuándo la economía es la segunda parte de algo?

El problema de fondo tiene menos de técnico que de intelectual. Una parte importante de la derecha chilena llegó a La Moneda con una fe casi religiosa en que bastaba desalojar al gobierno anterior, emitir las señales correctas y prometer un Estado más pequeño para que los empresarios recuperaran el ánimo y la inversión volviera a fluir. Confundieron el cambio de gobierno con el cambio de ciclo económico. A eso se le llama ingenuidad.

Vale la pena recordar que Adam Smith, más citado que leído, jamás concibió la mano invisible como un conjuro. El mercado que él describía se apoyaba en instituciones firmes, en una justicia confiable, en la confianza entre desconocidos y en un Estado capaz de hacer lo que el interés privado no hace por su cuenta. La mano invisible funciona cuando hay otra, bien visible, que construye caminos, educa, fija reglas estables y administra con eficacia. Sin ese andamiaje, el mercado deja de ser un mecanismo virtuoso y se convierte en una promesa que nadie viene a cobrar.

Lo curioso es que el gobierno ha terminado echando mano de las herramientas que su sector despreció durante años: empleos de emergencia, inversión pública para empujar la actividad en el corto plazo, recursos fiscales destinados a la contratación. Son instrumentos legítimos, nadie lo discute. Pero adoptarlos tarde y a la carrera deja ver algo más serio que un giro pragmático, y es que nunca hubo un diagnóstico. En una misma frase se anuncia un presupuesto «muy austero» y un fuerte impulso a la infraestructura para crear empleo. ¿Cómo se reactiva una economía con una mano mientras la otra aprieta el cinturón?

Si la ingenuidad marcó el punto de partida, la impericia se ha vuelto el método. El Presidente atribuyó su caída en las encuestas al «bencinazo» y al desempleo heredado, como si gobernar consistiera en repartir culpas del pasado y no en cambiar el presente. Renovación Nacional insiste en «piñerizar» el gobierno, en recuperar la memoria de una derecha que alguna vez se puso metas ambiciosas de empleo y las cumplió. Kast contesta que no se trata de aplicar fórmulas de uno u otro. En teoría tiene razón, pero en la práctica su negativa huele más a orgullo que a estrategia. Una coalición que discute su árbol genealógico mientras el desempleo sube tiene las prioridades al revés.

Nadie niega que el deterioro del empleo viene de antes de marzo, ni que la seguridad era una urgencia real. Lo que cuesta aceptar es que un gobierno trate la economía como un asunto que se arreglará solo una vez resueltos los demás. El trabajo no es un tema más en la agenda. Es el lugar donde la política se vuelve concreta, donde las promesas se miden en sueldos y en la dignidad de poder mantener a la familia. La derecha, que siempre se presentó como dueña de la competencia económica, corre el riesgo de perder ese capital, que era lo único que la distinguía a ojos de muchos votantes.

El gobierno se ha propuesto bajar el desempleo a 6,5% antes de terminar su mandato. Puede lograrlo, pero no por inercia ni por fe en el mercado. Va a necesitar coordinación, capacidad de gestión, diálogo con una oposición que ya ha ofrecido acuerdos y la humildad de admitir que un libreto de campaña no equivale a un programa de gobierno. La economía no premia a quienes creen, sino a quienes gobiernan. Si La Moneda sigue esperando que la mano invisible haga el trabajo que le toca al Estado, el descubrimiento de estas semanas habrá llegado tarde.

Fuente original: phidalgo.substack.com