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El Partido Socialista en el clóset doctrinario

Los socialistas chilenos son, en la práctica, bastante más reformistas que revolucionarios: negocian, transigen, gobiernan dentro de las reglas. Lo que no han hecho es decirlo en voz alta, sacar la palabra del clóset doctrinario y ponerla en el programa —y menos aún han estado dispuestos a arriesgar un cargo por ella, como hizo González en Madrid. Tal vez ese sea el verdadero pendiente de casi un siglo: no inventar una nueva síntesis, sino animarse a nombrar la que ya practican.

En noviembre de 1959, en un gimnasio municipal de un pueblo balneario junto al Rin, el Partido Socialdemócrata Alemán tachó la palabra marxismo de su programa fundacional. Lo discutió durante años y lo votó en congreso, a la luz del día. El SPD dejó de ser el partido de la clase obrera para convertirse en el partido del pueblo, aceptó la economía de mercado como marco y no como enemigo, y se declaró, sin ambages, un partido reformista.

Sesenta y siete años después, en Chile, ningún partido de la centroizquierda ha hecho ese ejercicio. Ni falta ha hecho intentarlo: la palabra reformismo sigue sonando a insulto en ciertos pasillos, a claudicación, a algo que se practica pero jamás se declara.

El Partido Socialista chileno atraviesa hoy, bajo el gobierno de Kast, una crisis que no es solo electoral. Analistas de distintos signos coinciden en describir a la oposición como un bloque perdido en el espacio, sin brújula programática, incapaz de decir con precisión qué defiende.

La Conferencia de Programa Ideológico que el PS organiza este año, a 93 años de su fundación en 1933, es un síntoma elocuente: un partido con casi un siglo de historia que necesita convocar una instancia extraordinaria para preguntarse qué piensa sobre la relación entre Estado y mercado sugiere que esa pregunta nunca se resolvió del todo. Quedó pendiente, administrada más que respondida, y el después llegó con la derecha en el poder y la izquierda discutiendo consignas de hace un siglo.

Bernstein, el hereje de Bad Godesberg antes de Bad Godesberg, había escrito ya en 1899 que los privilegios de la burguesía capitalista cedían paso, poco a poco, a las instituciones democráticas, y que el socialismo debía dejar de esperar el colapso del capitalismo para empezar a reformarlo desde dentro.

Le costó el repudio de buena parte de su partido. Le tomó sesenta años al SPD llegar a la misma conclusión de manera oficial, y solo lo hizo cuando el costo electoral de no hacerlo se volvió insostenible: tres derrotas consecutivas frente a la Democracia Cristiana de Adenauer convencieron a los socialdemócratas de que la pureza doctrinaria no gana elecciones ni construye Estados de bienestar. El giro no fue un acto de fe, sino un cálculo de sobrevivencia que solo después se disfrazó de convicción.

El caso español es todavía más revelador, porque no fue un trámite sino un drama en dos actos. En mayo de 1979, Felipe González propuso al XXVIII Congreso del PSOE abandonar el marxismo como definición oficial del partido. Perdió. La militancia, todavía anclada en la mística revolucionaria, votó en contra, y González renunció a la secretaría general en pleno congreso. El partido quedó acéfalo cuatro meses, hasta que un congreso extraordinario en septiembre le dio la razón y lo repuso al mando.

González no ganó proponiendo una síntesis elegante ni un matiz semántico: ganó forzando al partido a elegir entre la pureza doctrinaria y el poder, dejando que la propia militancia cargara con el costo de haberlo rechazado primero. Un año después esa definición socialdemócrata ya era irreversible; seis, y el PSOE gobernaba España. La izquierda chilena nunca ha tenido su propio congreso de mayo del 79, ese momento en que alguien está dispuesto a perder una votación, renunciar a un cargo, y forzar la pregunta hasta que el partido ya no puede seguir esquivándola.

No se trata de si el reformismo es correcto en abstracto —esa discusión ya la dieron los europeos, y la ganó, con matices, la socialdemocracia que hoy gobierna media Europa con superávits fiscales que Chile ni sueña. El punto es otro: en Chile nunca hubo un Bad Godesberg propio, un momento en que el socialismo se sentara a discutir, con la misma seriedad y el mismo tiempo, qué relación quiere tener con el Estado, con el mercado, con la propiedad, y saliera de ahí con un programa y no con un comunicado de prensa.

La Concertación gobernó veinte años sin hacer esa pregunta; gobernó con pragmatismo, no con doctrina revisada. Cuando llegó el estallido, la izquierda que había esquivado la pregunta por treinta años intentó responderla de golpe, en una convención constitucional, sin el tiempo ni la calma que ese tránsito exige. Fracasó dos veces.

La derecha chilena tampoco ha hecho su propio ejercicio de puesta al día doctrinaria, dicho sea de paso; sigue operando con el libreto de los ochenta, apenas actualizado con el vocabulario del orden y la seguridad que hoy encarna Kast. La simetría es incómoda pero real: ninguno de los dos bloques ha bajado a discutir sus fundamentos con la profundidad que el momento exige.

La diferencia es que a la derecha ese ejercicio no le hace falta para gobernar con eficacia aparente; a la izquierda, que aspira a redistribuir en un país que recauda trece puntos del PIB menos que el promedio OCDE, sí, porque sin una teoría clara de cómo se financia el Estado que promete construir, toda oferta programática es un saludo a la bandera.

Quizás el problema no sea la ausencia de reformismo, sino el miedo a llamarlo por su nombre. Los socialistas chilenos son, en la práctica, bastante más reformistas que revolucionarios: negocian, transigen, gobiernan dentro de las reglas. Lo que no han hecho es decirlo en voz alta, sacar la palabra del clóset doctrinario y ponerla en el programa —y menos aún han estado dispuestos a arriesgar un cargo por ella, como hizo González en Madrid. Tal vez ese sea el verdadero pendiente de casi un siglo: no inventar una nueva síntesis, sino animarse a nombrar la que ya practican.

Fuente original: https://www.ex-ante.cl/opinion/partido-socialista-en-closet-doctrinario/